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Gabriel Gurovich:

“Llegué al mundo del emprendimiento sin buscarlo”

A inicios de la década del 2000, Gurovich hizo propio el término “emprendimiento”, cuando trabajaba en las oficinas de Intel en Silicon Valley. Ese lugar que le mostró un mundo que no conocía, donde podía crear y no sólo administrar lo que ya existía, algo muy diferente a lo que había aprendido por su paso en la Facultad de Ingeniería de la UC. Tras esa primera experiencia, logró impulsar una serie de negocios disruptivos, donde ha alcanzado el éxito y en otras ocasiones, el fracaso.

 

“Lo mío no era ser independiente sólo por serlo, sino que tenía las ganas de crear algo desde cero (…) Veo mucho más interés intelectual en crear algo, que administrar un negocio que ya existe”

Durante su último año de ingeniería civil eléctrica en la Universidad Católica, a Gabriel Gurovich se le presentó una oportunidad que le cambiaría radicalmente la vida. Por esa época, el gobierno del presidente Ricardo Lagos se encontraba conjugando la posibilidad de que Intel ubicara una planta de ensamblajes y procesadores en Chile. Consciente del potencial subyacente, Gurovich mandó currículum a Intel para ver si necesitaban ingenieros civiles chilenos recién titulados y, con sorpresa, al tiempo de tener múltiples entrevistas a larga distancia, le llegó un contrato a su casa que lo invitaba a presentarse lo antes posible en las oficinas de Intel en Silicon Valley, California. “El sueldo que ofrecían era el doble para un ingeniero recién titulado en Chile, por lo que no dudé jamás en irme”, recuerda.

Con sólo 23 años pudo observar en primera persona cómo era el mundo laboral anglosajón y a su vez, descubrió un panorama que jamás se lo habían planteado en ninguna cátedra de la universidad: el del emprendimiento.

“Observaba a jóvenes reunidos en cafés, presentando proyectos a inversionistas, y al verlos pensaba que eran tan inteligentes como yo, pero lo único diferente es que ellos estaban ‘seteados’ mentalmente para cambiar el mundo, en cambio a mí la universidad me educó para administrar uno que ya existe”, comenta.

Al poco tiempo, Intel decidió instalar la planta en Costa Rica en vez de Chile. Fue ahí que Gurovich regresó a nuestro país, se reunió con sus amigos de la universidad y les contó toda la experiencia que había ganado en California. “Les dije que quería ser Steve Jobs”, recuerda riendo, agregando que de esas ganas de emprender nació DreamLine, “una compañía que fabrica y diseña hardwares electrónicos en Chile, una high tech del mundo del Big Data e Internet de las Cosas (IoT)”, explica.

Gurovich también está detrás de The Food Links, una plataforma de negocios dedicada a las exportaciones de alimentos a China, fue socio fundador de la Asociación de Emprendedores de Chile (Asech) y hoy es socio de los restaurantes Tambo & Panko (hace 11 años), es el actual presidente de Cuponatic Latinoamérica y además, profesor de MBA de la UC.

“Llegué al emprendimiento sin buscarlo. Agradezco a la vida y a las oportunidades de haber sido tan joven y llegar a Silicon Valley en 2003. Lo mío no era ser independiente sólo por serlo, sino que tenía las ganas de crear algo desde cero. Eso me pareció muy atractivo. Veo mucho más interés intelectual en crear algo, que administrar un negocio que ya existe”, sostiene.

Admite ser “un muy buen líder” para conducir proyectos que nacen y empiezan, pero “muy mal gerente” para equipos que ya están establecidos. En ese sentido, dice que es bueno reconocer cuando se tiene habilidad para una cosa y no para otra. “Son muy pocos los que pueden hacer las dos muy bien, y yo he tenido la fortuna de tener excelentes socios que, aunque quizás no son tan buenos líderes en la creación de lo nuevo, han sido buenos administradores de lo que existe”, explica.

“Un día me crucé con Julián Ugarte, presidente de SociaLab. Me comentó sobre Singularity University y me dijo que postulara. Lo hice, me fui en 2013 y esa experiencia cambió mi vida a nivel de intereses profesionales y pude aprender a conjugar el verbo impactar”

-Además de la experiencia en Intel, ¿qué otras etapas determinaron y fueron fundamentales en la construcción de tu vida profesional?
-Luego de la salida de Food Links, estaba en una contexto de reinvención: tenía tiempo y estaba bien financieramente. Un día me crucé con Julián Ugarte, presidente de SociaLab y conversando me comentó sobre Singularity University y me dijo que postulara. Lo hice, en 2013 me fui y esa experiencia cambió mi vida a nivel de intereses profesionales y pude aprender a conjugar el verbo “impactar”.

-¿Por qué? ¿Qué fue lo que particularmente encontraste en Singularity University?
-Esa una universidad de Silicon Valley tiene por finalidad educar e inspirar respecto al desarrollo de las tecnologías y su impacto para resolver desafíos. Cuando me enfrenté a ese programa de estudio, el primer día me dijeron que el objetivo era diseñar algo para impactar a mil millones de personas en los próximos 10 años, y ahí mi cabeza comenzó a pensar en otras dimensiones.
Lo de Singularity ocurrió hace siete años y me transformó en una especie de predicador de este futuro positivo que traen las tecnologías.

-También incursionaste en la política.
-Sí, junto a Nicolás Shea levantamos un partido político para que todos los independientes que quisieran impactar en ese ámbito no tuvieran que buscar las firmas y, simplemente, se presentaran a un cargo de elección popular. Yo mismo lo hice como candidato a senador y un discurso que ponía en el centro a la región: cada decisión que me tocara votar en el Senado, previamente de manera digital, la iba a compartir en la región y la votaríamos en mayoría.
Siempre he tratado de integrar el tema de la tecnología y el hecho de que es hoy cuando hay que cambiar la forma en que nos organizamos como sociedad, como empresa y como un todo, para no quedarnos bajo el tren.

-Dentro de todas tus experiencias, ¿en cuál has debido tomar las decisiones más difíciles?
-Tengo un negocio gastronómico del que soy socio desde 2009: Tambo & Panko, una cadena cuyos restaurantes están en el Patio Bellavista, en el Barrio Lastarria y en otros lugares de la zona oriente de la capital. Antes del estallido social, trabajábamos 200 personas y hoy, sumado con la crisis sanitaria, somos 37. Nos ha tocado muy duro, ya que la más de la mitad de nuestra facturación está muy cerca de la “zona cero”.

-¿Y situaciones riesgosas?
-Hay que hacer una distinción. El empresario es un artista de acotar riesgo, él ve oportunidades en el mercado, empresas y evalúa el riesgo. En cambio, el emprendedor lo toma. Lo arriesga todo. Es como tirarse a la piscina con un proyecto que en apariencia puede no tener ni pies ni cabeza, ni sustento. Después de eso, no se tiene capacidad para tomar más riesgos y lo único que hay que hacer es salir adelante como sea. Los emprendedores no tenemos espacio para eso.

“El emprendedor lo arriesga todo. Es como tirarse a la piscina con un proyecto que en apariencia puede no tener ni pies ni cabeza, ni sustento. Después (…) lo único que hay que hacer es salir adelante como sea”

Volver a encantarse

Con colegas de Singularity University conjugaron en 2013 la idea de crear un sistema que desarrollara aplicaciones móviles de manera sencilla y rápida: Snapp. Lograron levantar US$ 1 millón a través de venture capital, pero Gurovich dice que se fueron cometiendo pequeñas fallas y malas decisiones que, en “el acumulado”, generaron un fracaso.

“El fundador de Google dice que para que un producto digital sea exitoso, el usuario debe usarlo al menos dos veces al día. En 2013 no lo teníamos claro, por esa época se creía que la mejor forma de comunicarse con los usuarios era a través de aplicaciones en el celular, pero en verdad a nadie le interesa”, recuerda Gurovich.

-¿Qué lecciones te han dejado los fracasos?
-Los fracasos son necesarios y útiles para bajarse a tierra y para tener la humildad necesaria para que las cosas ocurran. Estos episodios siempre se relacionan, en algún ámbito, con tener demasiada confianza, así que actúan como bálsamos de humildad.
También he descubierto que el último en perdonarse tras un fracaso es uno, pero cuando lo logras, la sensación es hermosa pues vuelves a mirar el mundo con ojos de emprendedor. Hoy puedo hablar con desprendimiento emocional sobre el fracaso de Snapp, pero costó.

-¿Tienes nuevos proyectos en mente?
-Tengo una carpeta en mi nube que se llama Generadora de Proyectos Innovadores SA (Gepisa). No existe como empresa, pero es la carpeta donde dejo lo que alguna vez se me ocurrió, tengo ideas bien locas.

-¿Cómo cuáles? ¿En medio de la cuarentena han surgido algunas?
-En este período, me ha costado mucho encontrar tiempo de concentración para eso. Recién en junio pude hallar más calma para administrar los problemas que tengo y para observar.
Sí puedo comentar que desde octubre del año pasado, he participado e invertido en telemedicina y ahora ese negocio explotó. Todos estos buenos proyectos que me he ido encontrando son porque los he buscado. Cuando ves a emprendedores haciendo cosas, no significa que el mundo le ofrezca nuevas ideas y proyectos, sino porque se pasan todo el día en conversaciones y son “busquillas”.

“Los fracasos son necesarios y útiles para bajarse a tierra y para tener la humildad necesaria para que las cosas ocurran. Estos episodios siempre se relacionan, en algún ámbito, con tener demasiada confianza, así que actúan como bálsamos de humildad”

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