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Teresa Undurraga, empresaria:

“Los proyectos empresariales constituyen otra manera de ser creativo”

De diseño a ingeniería comercial. Ese fue el primer gran cambio para la empresaria Teresa Undurraga, y el inicio de una búsqueda que determinaría su éxito y felicidad. Undurraga, fundadora de Destilados Quintal y exdueña de Emporio La Rosa, cuenta que su sueño siempre fue ser artista, una pasión e interés que dice proviene del lado materno de su familia, que destaca en lo manual y lo estético. Su madre, incluso, fue profesora de esta disciplina.

“Con el arte me sentía muy talentosa, pero sin vocación. Sentía un vacío a la hora de imaginar mi carrera dedicada en esa área”, reconoce.

En medio de esa frustración, emprendió un nuevo camino y por más de cuatro años estudió ingeniería comercial. Aunque también dejó esa carrera, pudo trabajar en el área de marketing de Rotter y Krauss y Poligram durante 10 años, hasta que un día, dice, no soportó más las reuniones obligadas, ni la “violencia” que había adquirido la publicidad al inicio de los 2000. Ese fue el punto de quiebre que la llevó a emprender en un almacén de barrio donde vendía huevos, pan, abarrotes y flores.

“Tenía esa idea constante de que estaba desperdiciando mi vida en el tema de la ingeniería y que, de alguna u otra manera, mi vida debía estar relacionada con el arte. Finalmente, pude hacerlo a través de proyectos empresariales, que es otra manera de ser creativo. Aunque de eso me di cuenta mucho tiempo después”, resume.

Así fue como en el verano de 2001, entre la calle Merced y Monjitas, frente al Parque Forestal, abrió el primer Emporio La Rosa, sin imaginar el terremoto que sacudiría la economía en septiembre de ese año tras el atentado a las Torres Gemelas, o años más tarde, cuando se desató la crisis subprime. “Fueron años de tormento, de no ganar un peso. Logré sortear estas crisis porque tuve el apoyo de mis socios que tuvieron la visión de no retirarse y de no presionar por resultados rápidos”, explica.

Con el tiempo, junto a la retroalimentación de sus clientes y el ingreso de su padre y hermano como nuevos socios, Undurraga empezó a darle un giro a la empresa, transformándola desde un almacén de barrio a una marca de comida casera y local pues, según ha dicho en otras oportunidades, se planteó como un lugar donde los chilenos se reconocieran con el sabor de las típicas lentejas o los postres después del almuerzo, a través de un helado Emporio La Rosa.

“Tuvimos éxito en una arista del negocio que implicó el desarrollo de productos propios y donde además, tuve que trasladar todos mis quehaceres hacia donde estaban mis talentos. Si yo no hubiera tenido la experiencia previa de la Avenue Du Bois –cafetería en donde trabajó por seis años– y no hubiera tenido la confianza en que iba a poder trabajar dentro de un mundo de producción artesanal y de primera calidad… habríamos fracasado”, analiza.

Con el negocio andando, y con críticas tan favorables como las del portal gastronómico “The Daily Mail”, que consideró a Emporio La Rosa como una de las 25 mejores heladerías, se sintió por fin a gusto con lo que estaba haciendo. “Completé por fin esa sensación de que estaba donde tenía que estar, estaba desarrollando talentos que eran naturales y además, aportando a la sociedad desde un lugar donde tenía competencias”, reflexiona.

 

“Con el arte me sentía muy talentosa, pero sin vocación (…) Sin embargo, sentía que mi vida debía estar relacionada con el arte y pude hacerlo a través de proyectos empresariales, que es otra manera de ser creativo”

Avenue Du Bois

En las largas tardes de verano de fines de la década del ‘70, a sus casi 7 años Undurraga pasaba con sus vecinos del barrio jugando y fue ahí cuando se les ocurrió vender limonadas a las personas que iban pasando por la calle. “Pude haberlas regalado, pero el juego era hacer algo y venderlo”, recuerda.

Seis años más tarde, seguía convencida de “seguir” trabajando y, pese a su corta edad, sus padres le dieron la autorización, dándole el empujón necesario para nunca más parar: trabajó en una cafetería llamada Avenue Du Bois, que en aquel entonces se ubicaba en El Bosque con Apoquindo. Allí atendió mesas, recibió pedidos desde los 13 años hasta los 18, todos los días después de clases y algunos fines de semana.

“Para mí fue muy importante sentirme independiente, que iba desarrollando herramientas que me permitieran resolver a mi escala los problemas que tenía. No fui una niña que tuvo una infancia cándida o inocente a la realidad social, política y económica que me rodeaba”, comenta, haciendo hincapié en que si bien en su niñez nunca le faltó nada esencial en medio de la complicada situación económica que vivía el país por el régimen militar, podía percatarse que los recursos no sobraban y que debían cuidarse.

Para la empresaria, trabajar en esta cafetería significó el inicio y el descubrimiento de lo que se dedicaría toda su vida.

“Nunca pensé que lo que había vivido en mi trabajo siendo una adolescente, iba a ser tan determinante a futuro respecto a tomar decisiones que implicaran riesgos. El emprendimiento tiene muchos, pero es menos peligroso cuando se conoce el rubro”, apunta, añadiendo que toda esa experiencia le permitió entender ciertas conductas y quehaceres propios del mundo laboral: compromisos, capacidades de entrega, cómo relacionarse con los clientes. “Todo eso no lo aprendí en la universidad, sino que en la cafetería”, afirma.

“(con Emporio La Rosa) completé por fin esa sensación de que estaba donde tenía que estar, estaba desarrollando talentos que eran naturales y además, aportando a la sociedad desde un lugar donde tenía competencias”

Volver a nacer

Vender el Emporio La Rosa cuando buscaba socios para expandirse, fue algo que no tenía previsto pues el negocio iba viento en popa: trabajaban 450 personas, tenían 25 sucursales y dentro de sus proyecciones estaba llevar el negocio al extranjero. Así es que entregar a Carozzi “el hijo” que había impulsado por casi 20 años, fue un golpe y un luto que Teresa Undurraga vivió aprendiendo nuevas disciplinas, decidiendo estudiar escritura creativa en la Universidad Diego Portales y también tomar cursos de botánica, pues ya tenía la idea de comenzar una destilería de alcohol.

Destilados Quintal es la nueva apuesta de la empresaria, donde ya cuenta con dos variedades de gin vendiéndose en la web: Franklin y Andes. Pese a que su propuesta inicial era comercializar en restaurantes, cafeterías, hoteles y fuentes de soda, la única opción que le quedó en la actualidad fue hacer alianzas con el retail y la venta online de sus productos.

Y es que Emporio La Rosa y Destilados Quintal tienen en común el hecho de que los dos se iniciaron en medio de una crisis. “La primera vez que prendimos el alambique grande para hacer mil litros de gin Los Andes, fue el 21 de octubre, tres días después del estallido social”, dice Undurraga, agregando que para esa fecha aún no se visualizaba lo que significaría ni la repercusión que tendría el movimiento social que se desató el año pasado, ni tampoco estaba en la mente de nadie lo que vendría después con la pandemia del Covid-19, situaciones que “me han obligado a repensar y armar una estructura de colaboración, desarrollo y distribución totalmente distinta a la que teníamos prevista”.

En paralelo desarrolló la idea de Franklin Co Factory, un ecosistema artesanal que incluirá fábricas de antiguos oficios en una especie de cowork que tendrá lugar en la exfábrica de Sanitas, que cuenta con 5.600 metros cuadrados.

“Convencimos a Carlos Montrone -dueño de la manzana entre Santa Rosa y San Francisco- de transformar este espacio en 20 mini plantas de productos artesanales de alta gama y de oficios como zapateros, diseñadores, artistas, mueblistas, charcuteros, chocolateros y panaderos, entre otros. Un mundo de personas que trabajaremos juntos, pero separados”, explica.

La inauguración de este espacio se retrasó al menos en un semestre, pero dentro de los planes para este ecosistema está la realización de tours guiados por cada fábrica y talleres para aprender el oficio que más le interese al cliente pues, según Undurraga, un producto artesanal tiene que ser abierto al público y la comunidad, “de manera que la gente pueda encontrarse con el oficio, verlo y que no haya misterio. Por supuesto que un producto como este es más caro, pero vale la pena porque la calidad es mejor y vivirlo es muy reconfortante”.

Junto con ello, la empresaria también se alista para lanzar una novela que retratará su infancia y adolescencia, adelantando que contará su paso y el aprendizaje vivido en Avenue Du Bois, cafetería que ella misma reconoce que le enseñó gran parte de lo que pudo construir en su futuro.

“Nunca pensé que lo que había vivido en mi trabajo siendo una adolescente –en la cafetería Avenue Du Bois-, iba a ser tan determinante respecto a tomar decisiones que implicaran riesgos. El emprendimiento tiene muchos, pero es menos peligroso cuando se conoce el rubro”